Esta especie puede alcanzar los 30 centímetros de diámetro y vivir entre 1.600 y 4.000 metros de profundidad. Su biología desconcierta a los especialistas porque no se ajusta del todo a las reglas que definen a las anémonas y los corales. Desde su descubrimiento, los científicos han luchado por clasificarlo y su origen evolutivo sigue siendo incierto.
Antes del estudio, no había nada que vinculara el orbe dorado con la anémona gigante. El informe detalla que un examen inicial encontró espirocitos, células ultraespecializadas que sólo tienen los cnidarios (el grupo de animales formado por anémonas, corales y medusas). Este hallazgo descartó la posibilidad de que se tratara de un óvulo o de una biopelícula, como se pensaba inicialmente.
Luego, el equipo secuenció el ADN del material para buscar coincidencias en bases de datos. Los genomas mitocondriales completos mostraron una coincidencia del 99,9 por ciento con Relicanthus dafneae. La evidencia apuntaba a que el orbe era parte de una anémona rara y poco documentada. Sin embargo, los restos no coincidían con ninguna estructura conocida de esta especie ni de otras anémonas.
Para resolver el enigma, los investigadores revisaron un espécimen recolectado años antes y lo estudiaron nuevamente. Encontraron fragmentos de una cutícula dorada multilaminada que la anémona había producido alrededor de su base. Luego observaron especímenes vivos y descubrieron que, a medida que se mueve por el fondo, R. dafneae deja atrás esta cutícula, que permanece en las rocas hasta que se desintegra o queda enterrada.
